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Perfil visitado 5774 veces  |  Última actualización: 02.05.2011
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Joaquín Millán
Madrid , España
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quinimillan@telefonica.net
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PRESENTACIÓN
 
NEUE NATIONALGALERIE. BERLÍN
APARCAMIENTO CIRCULAR I
APARCAMIENTO CIRCULAR II
RAMPA NOUVEL
PALACIO DE LA CIVILIZACIÓN  E.U.R.
LA CASA  DE LAS FIERAS
 AMPLIACIÓN   M.N.C.A.R.S.
ARCHIVO C.A.M.
LA PLEGARIA DE LA CASA DE LAS ARMAS
PABELLÓN DE LLEGADAS. AEROPUERTO DE BARAJAS
PALACIO CHAILLOT PARÍS
 
 
PALACIO CHAILLOT PARÍS EL DRAMATIS PERSONAE DE LA PINTURA DE JOAQUÍN MILLÁN
por JUAN BONILLA


1

La ciudad debe parecerse a un hombre, dijo Le Corbusier. Ha de estar compuesta de cabeza, tronco y extremidades. En la cabeza, los órganos de Gobierno. En el tronco, lugar del corazón, el latido de la vida, edificios de negocios, palacetes para cine y teatro, parques, comercios. En las extremidades, las habitaciones de los ciudadanos, los encargados de hacer que la ciudad camine. Se equivocó Le Corbusier: hizo una ciudad así, y no pensó en que el cuerpo de un hombre colosal tendido durante años no podía ser otra cosa que un cadáver. No pensó en la Historia: la fórmula mágica, las aglomeraciones que se suceden con los años y las épocas, las colaboraciones de gente que no se conoce, los antepasados que dejan su huella, la poesía del desorden que permite que el corazón de una ciudad a veces esté en lo que antaño fue un suburbio, y las extremidades crezcan donde antes había una cabeza.
Un observador paciente camina por las ciudades, trata de componer una ciudad a su medida a través de los años. Incluso puede que lo haga sin querer: no tiene que ver con la voluntad, sino con la necesidad de no alejarnos nunca del todo de quienes fuimos, y quienes fuimos está siempre encerrado en ciertos lugares, vinculado al que somos por paisajes. Puedo ser yo, puede ser Joaquín Millán, puede ser cualquiera de ustedes. Vamos componiendo la ciudad a nuestra medida allá en el limpio almacén de nuestra memoria. Extraemos fragmentos de las ciudades, y los colocamos en nuestra personal maqueta: una fachada de una vieja estación de metro en el Norte de Londres ha sido la última incorporación a mi ciudad intransferible. El hall del aeropuerto de Hamburgo fue la incorporación anterior. La ciudad que lleva mi nombre va creciendo a medida que envejezco: ya es muy grande, pero espero que sea todavía pequeña comparada a como será. No pierde nada de lo que alguna vez fue el centro, pero ya no es el centro -aquel colegio racionalista de ventanas encendidas a las nueve de la mañana; aquella escalera que bajaba al Trastevere; las sombras fotogénicas de Wall Street; el campus nevado de Harvard-. El centro es siempre el presente, y condición inapelable del presente -que significa regalo- es no estarse quieto. Las ciudades no pueden estarse quietas. Igualmente la ciudad de Millán crece, homogénea, hermosa, inhumana. Lleva su nombre, está hecha de muchas ciudades, como la de cualquiera, pero al contrario que cualquiera de las ciudades que nos inventamos mientras envejecemos, la suya perdurará fragmentada en esos cuadros intrigantes, pintados con la perplejidad de un niño y la conciencia de un sabio aritmético, unidos en una sola criatura que se ha propuesto la espléndida tarea de crear una ciudad para creerse a sí mismo.


2

Lo he visto perseguir a sus personajes por ciudades distintas. Personajes, digo bien: los edificios que laten en los cuadros de Joaquín Millán son los protagonistas de una danza argumental, un dramatis personae de piedra y luz, en la que los edificios quieren ser algo más que gigantes impuestos al paisaje, mucho más que colosos para la cámara de un compositor de postales. La cámara es lo primero, por cierto. Lo he visto trabajar en la persecución de sus personajes, buscarles aquel ángulo que supiera susurrarnos su esencia y su sustancia, su belleza fría, su embajada en un mundo donde la mano del hombre es invisible pero tan esencial, pues él es el verdadero protagonista de los cuadros de Joaquín Millán y a él tratan de conmoverles o apresarles con su singular potencia de estampas frías. La cámara de Millán apresa a sus personajes, fracciones de un mundo cotidiano que es también insólito. Los resultados almacenados en el vientre de la cámara pasan entonces a un minucioso proceso de selección: su lugar de destino es el papel, el lienzo o la tabla; su idioma la pintura. Millán es un pintor realista, sí, pero sabe intuir que la realidad es un himno: en esto, a pesar de la pulsión de algunas voces de la tradición moderna, Joaquín es un maestro antiguo. Lo supedita todo a aquel énfasis que los grandes pintores de todo tiempo han tenido en el peldaño más alto de sus ambiciones y sus tareas: la creación de belleza. La belleza del afuera de la que se nutre la pintura de Joaquín Millán, en un proceso que tiene algo de milagroso, dota a lo que hace de una verdad interior que subraya el carácter de intimidad de sus cuadros. ¿Cómo se puede erguir la intimidad a través de unos personajes de piedra, colosos de las ciudades, realidad exterior, paisaje urbano? Ese es el secreto de los cuadros de Millán, la respuesta a esta pregunta excesiva. Lo que la cámara registró, está ya en el lienzo o en el papel, y el artista se afana por dotarlo de algo que quizá sólo él es capaz de ver, de algo indefinible que consiga ese milagro que se produce en la pintura de Millán: convertir una presencia de piedra en un verdadero personaje, un personaje que nos habla con su belleza, un personaje dotado de una luz poderosa que se nos adhiere a las paredes del cerebro y nos susurra su enérgico himno de renovada belleza antigua.


3

Leyendo sobre el arquitecto Sant’Elia, firmante en 1914 del Manifiesto de arquitectura futurista, y autor de unos cuantos dibujos excepcionales que permitían intuir “la ciudad nueva”, y que tanto influyen aún a arquitectos y decoradores de cine, me sorprende esta observación repetida: la constante falta de presencia humana. Me lo pienso una y otra vez, recordando que es una de las características de los cuadros de Joaquín Millán, y concluyo: ¿hay algo más humano que esos edificios? ¿No es, tanto en Sant’Elia como en Millán, presencia humana ese desfile de criaturas de piedra, imaginados en el caso del primero, vistos y fotografiados y pintados en el del segundo? Se quiere relacionar esa ausencia de figuras humanas en las acuarelas de Sant’Elia con la idea poderosa del superhombre que los futuristas heredaron de Nietzsche, y puede que se esté en lo cierto, siempre que se admita que una de las características del personaje nietzscheano no es negar su humanidad, sino trascenderla. Con los cuadros de Millán, al parecer, pasa otro tanto: se ha querido ver en la ausencia de figura humana en sus pinturas, una frialdad que tiene algo de crítica a la Gattaca que estamos construyendo. Y si bien es innegable que esa frialdad de la pintura de Millán está presente, no lo está formulando una crítica ni una llamada al orden o explorando una melancolía antimaquinista, sino celebrando, precisamente, la antológica belleza, humana, tan humana, de esas piezas silenciosas que traslada a sus cuadros. Lejos, pues, Millán de hacer de esa desolación de ciertos no lugares, obras en construcción, puentes vacíos, estadios silenciosos, una denuncia de la pérdida de humanidad traducida en cíclopes de piedra y acero. Está cantándolos, celebrando su perpleja fotogenia enigmática y, sí, fría. No están deshabitados: su mirada los habita, fijándolos en su quietud magnífica, antes de que la muchedumbre los llene y los haga útiles –qué viajero a punto de perder un avión va a pararse en el hermoso bosque de columnas amarillas de la T-4 de Barajas, qué aficionado, mientras busca aparcamiento, va a fijarse en la maestría de curvas con que nos saluda el estadio Bernabeu en la Castellana. La pintura de Millán, como la de Sant’Elia, tiene esa capacidad hímnica cuyo único defecto es que puede confundir a quienes detestan lo suficiente el mundo como para no darse cuenta de lo maravilloso que puede ser un centro comercial, la Terminal de un aeropuerto, qué radiante, como una criatura mitológica que duerme, es siempre un estadio de fútbol, cuántas historias guarda una torre que empieza a elevarse sobre el paisaje. Al estadio de fútbol, Benedetti lo llamaba, con fortuna, el esqueleto de la multitud. Me gusta la imagen para muchos cuadros de Joaquín Millán. El pinta esqueletos de multitudes, como el Palazzeto dello Sport de Roma, o el Foro Itálico, que se llamó primero Foro Mussolini, y fue creado precisamente para reunir multitudes, y ahora es habitado, mayormente, por el pesado silencio del estar demasiado lejos del centro.


4

Hablando del fotógrafo Javier Campano, Juan Manuel Bonet apunta: flaneurs, paseantes, peatones, “campesinos” de sus ciudades: en el terreno de la literatura pertenecen a esa categoría algunos de los mejores escritores de este siglo y del pasado. En el de la fotografía una serie de fotógrafos miran sus respectivos entornos urbanos con una mirada que tiene bastante que ver con la de este tipo de escritores. Bonet ve a Campano seguidor de esa tradición, pero no identifica al fotógrafo con Madrid, su base de operaciones. Es más bien, un fotógrafo viajero: lo que viaja es su condición de flaneur, de paseante. Viajar, nos dice el poeta, es siempre una aventura que comporta inevitablemente la búsqueda de la diferencia y que comporta, llegado a un cierto punto, un elevado grado de abstracción. El viajero termina teniendo la sensación de que todas las ciudades son una misma ciudad, todos los aviones un mismo avión. Todo viaje se llena de lugares neutros, lugares de paso: son sitios preferentes de cualquier errancia.
Así veo yo también a veces, o más bien me lo imagino, a Joaquín Millán. No es, desde luego, un flaneur entusiasmado por la calidad de las minucias y la poesía de la rutina, sino un viajero que ha adquirido –y nos dirá, seguro, que ha viajado muy poco- la convicción de que todas las ciudades son la misma ciudad, o que lo que le interesa de las ciudades son precisamente aquellos fragmentos que le sirven para completar esa ciudad que respira y vive en su pintura. Va a las ciudades a atrapar nuevas instantáneas que completen su ciudad. La ciudad debe parecerse a un hombre, dijo Le Corbusier. Podría darse la vuelta: un hombre debe parecerse a una ciudad, la que él elija, la que él componga con las ciudades por las que ha transitado. Eso es lo que hace Joaquín Millán constantemente: crear una ciudad, crearse a sí mismo como artista pausado, silencioso, emocionante, a través de las ciudades en las que encuentra aquello que iba buscando. Flaneur de una ciudad hecha de muchas ciudades que es un canto a la excelencia humana, y una celebración constante del mero, radiante hecho de estar aquí.
 
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